Un Verdadero Concepto de la Santidad

Hoy iniciamos esta sección que formará parte permanente del contenido de este periódico Palestra, y servirá a los fines de aclarar algunos conceptos donde entendemos que existen deformaciones y herejías violentas y consecuentes, producto de escuelas y filosofías antiguas y modernas que han descuidado en el pasado y el presente las enseñanzas claras que aparecen en la Palabra de Dios, la Biblia.

Dijo Jesús, dirigiéndose al joven rico:  “¿Por qué me llamas bueno?  Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lc. 18:19).  Paradójicamente, la Biblia nos enseña que estamos santificados y, a la vez, llamados a ser santos; veámoslo:  “...a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo...” (1 Co. 1:2).  Noten ustedes, mis queridos hermanos lectores, cómo la Biblia asevera que hemos sido santificados en Cristo y, simultáneamente, somos llamados a ser santos; pero nunca se ha señalado a nadie como impecable o bueno.  Es como si dijera que hemos sido apartados para servir a Dios y llamados a convertirnos, llegado el momento, en gente impecable.  Por consiguiente, debemos desenmarañar esta paradoja y descubrir estas concepciones bíblicas a los fines de que podamos tener un verdadero concepto de lo que es santidad bíblica.

Cuando leemos la Escritura hemos de ser consecuentes en la búsqueda de la verdad, y para ello tenemos que partir de criterios hermenéuticos (exegéticos o analíticos) veraces y bien fundamentados en la Palabra Escrita.  Equivoca sus conceptos aquel que no empieza a construir por el fundamento.  Aquel que evita colocar el claro fundamento bíblico desvía su camino de los verdaderos conceptos, errando el objetivo, distorsionando así las enseñanzas de Cristo y constituyéndose en hereje.

Es la Biblia el único libro que revela nuestra salvación, y coloca como fundamento de la salvación el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.  Por consiguiente, hemos de colocar ese fundamento, que es el Evangelio, como el mejor criterio exegético que jamás haya existido.  Dicho de otro modo, el Evangelio todo lo juzga:  Si una doctrina no está en armonía con el Evangelio no es veraz, pues como hemos dicho, para que sea veraz tiene que venir o nacer desde un trasfondo evangélico; veámoslo:  “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.  "Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Co. 3:11-13).  Debería ser claro para el amigo lector el hecho de que Cristo es el fundamento o punto de partida para toda enseñanza, las piedras preciosas son símbolo en este contexto bíblico de verdaderas doctrinas; y el heno y la hojarasca, de ilegítimas doctrinas, las cuales se quemarán en el día del juicio.  Debe entenderse el término “el día” como connotando juicio.  Es el día del juicio lo que probará todo; y si permanece la obra de alguno fue porque edificó sobre el fundamento que es Cristo, y más simplemente dicho, el Evangelio, pues la realidad es que es Cristo colgado de la cruz el equivalente al pago de nuestros pecados.

Al conceptualizar doctrinas como la que estamos aquí analizando, para descubrirlas en su concepto verdadero, debemos hacerlo, como ya hemos dicho, partiendo de ese fundamento.  Si no lo hacemos desde ese punto de partida, erraremos el camino.  Confirmemos lo que hemos dicho:  La Biblia nos enseña de forma indubitable que la obra del Espíritu es tomar de lo de Cristo y enseñarlo; así se expresa en Juan:  “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.  El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:13-14).  Es obvio, pues, que el mismo Espíritu de Dios, a los fines de enseñar correctamente, parte de todo lo concerniente a Cristo nuestro Señor, quien constituye el centro de toda revelación.

Nos dice la Escritura, además, que al Espíritu de verdad lo reconoceremos porque habla de la Encarnación o el Evangelio; observemos:  “En esto conoced el Espíritu de Dios:  Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Jn. 4:2-3).

El “Ordo-Salutis” —entiéndase orden de salvación o redención— es el siguiente:

  • La Encarnación (Miguel se hizo hombre - Jn. 1:1).
  • La Justificación (Aceptados por la fe o dependencia en el Cristo histórico o en la justicia objetiva de Este - Ef. 1:6).
  • Santificación (Desarrollo de un carácter cristiano - 1 Jn. 3:3).
  • Transformación (Dotación de un nuevo cuerpo inmortal y limpio - 1 Co. 15:53).

Es preciso enfatizar aquí que sin haber alcanzado la transformación final ningún ser humano puede ser señalado como santo o impecable.  La expresión Paulina de Romanos 7:  “el pecado que mora en mí” (es decir, en mi carne) no será erradicado de ningún ser nacido de mujer hasta el momento de ese final aspecto (transformación) del orden redentivo.  Cualquier reclamo por parte de alguno —llámese Papa, llámese licenciado Lebrón Velázquez, o comoquiera que se llame— en el sentido de que ha alcanzado la impecabilidad antes de la transformación deberá ser anatematizado por hereje.  De modo, a los fines de ser veraces, hemos de reconocer la claridad con que nos enseña la Palabra Escrita, cuando dice:  “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10); y: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”(Jer. 17:9).  Es evidente, pues, que un reclamo tal sería el equivalente de proclamar:  Créanme a mí y no a Dios y a Sus declaraciones bíblicas.  Se necesita tener pantalones grandes para declarar una barbaridad como esa.  ¿Cómo es, pues, que Roma pretende beatificar hombres como Charlie Rodríguez, que lo que dan es pena y ganas de llorar?, y tienen en perspectiva la posibilidad de declararle “santo”, si es que aparece “un milagro más”.  ¡Ridiculez de ridiculeces!, que dis que curó a una señora de cáncer por medio de la petición de su marido, hechos estos que no pueden ser constatados.  Si por los milagros hechos es que se proclaman los santos, háganme una estatua y desde ahora denme el título de Comandante en Jefe de estos, porque ya yo he hecho más de siete milagros (plenitud) constatables en mi iglesia.

Estamos ahora en una buena posición para entender el claro concepto de santidad que enseña la Escritura.  En nuestra introducción utilizamos el versículo que nos sirvió como punto de partida (1 Corintios 1:2), y al parafrasearlo hicimos la siguiente aseveración:  Es como si dijera que hemos sido apartados para servir a Dios y llamados a convertirnos, llegado el momento, en gente impecable”.  Por consiguiente, podemos aceptar con absoluta seguridad la siguiente definición como lo que es un bíblico concepto de Santidad:  Un santo es aquel que ha sido llamado por Dios a Su servicio, y entra en el desarrollo de un carácter idóneo para la convivencia celeste, apartándose totalmente del mundo (Santiago 4:4) y dedicándose perennemente al desarrollo de las virtudes cristianas.  Pero es menester aclarar que nunca culmina ese desarrollo, pues para que ese desarrollo sea culminado necesita la transformación del cuerpo corruptible que ahora todos poseemos.  Por lo que declaramos aquí la tradición católica de canonizar como una herética, que debemos repudiar con todas nuestras fuerzas.  Hay muchos pasajes bíblicos que constituyen exhortaciones que nos sirven a los fines de no detenernos en nuestra vehemente marcha hacia esa culminación; ejemplo:  “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3); “porque escrito está:  Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:16).  La exhortación hacia ese continuo desarrollo es la mayor evidencia de que no culminamos aquí con el mismo, pues siempre que leamos esas expresiones de exhortación tendremos que continuar diciendo:  “santifícate todavía más”.  Mientras llega lo que habremos de finalmente obtener en nosotros (la santidad absoluta o impecabilidad), dependamos de lo obtenido en Cristo, pues vivimos en medio de dos grandes acontecimientos, a saber:  lo que ya hemos obtenido históricamente en Cristo, y lo que obtendremos cuando Cristo regrese al fin de los tiempos, en nosotros, ya que todo lo radical y absoluto lo hemos obtenido por representación en nuestro Señor.  Así lo explicó Pablo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3).  Y dijo, además:  “y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.  Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito:  El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Co. 1:28-31).  Nótese qué claras las palabras del gran apóstol:  Primero señala nuestra real condición de debilidad, de incompetencia e incapacidad (lo vil del mundo); luego de declarar esa absoluta debilidad se nos habla de lo que Cristo representa para nosotros; y finalmente nos exhorta a los fines de que no seamos soberbios (característica está muy notable en el pueblo judío y en el catolicismo) ni nos gloriemos en nosotros mismos, sino que el que quiera gloriarse se gloríe en lo que obtuvimos de forma absoluta en el Señor, por la fe, y no en nosotros por la vista.  Esto lo constata el apóstol, cuando dijo:  “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).  ¿No es, entonces, el Papa, en verdad, un ser que se opone a Cristo?  Vean cuán cierto es que el Papa habla palabras contrarias al Altísimo cuando dice que la etapa “luminosa” es factible en esta parte correspondiente a este siglo malo y de juicio.  Al licenciado Lebrón Velázquez le exhorto a que no lo imite, a los fines de que se constituya en un verdadero evangélico; con ese propósito es que he querido llamar su atención, pues es mi finalidad colaborar en la salvación de su alma.  Que Dios le bendiga.

No hay duda, paradójicamente, somos santos en Cristo y pecadores en nosotros mismos.  De manera que a Roma y a su catolicismo rampante les digo como diría el conocido hereje de herejes, Jorge Raschke:  ¡Fueeeeeera...!

Nota Adicional:

Al aclarar este legítimo concepto de santidad que os he presentado en este bíblico estudio, para ello he utilizado el contexto mediato o global de las enseñanzas escriturales.  Contrario a eso, cuando hacemos un análisis en un contexto inmediato (capitular) hemos de tener en consideración que el mismo no contradiga las enseñanzas o principios que la Escritura nos revela dentro de un contexto más amplio.  Al estudioso bíblico le decimos que estos señalamientos son muy necesarios si queremos tener legítimas enseñanzas.  Que así les ayude el Señor con Su Espíritu a entender estos criterios que les serán de beneficio para toda la vida.

 

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