Beato Puertorriqueño

Corrupción: Deterioro continuo hasta concluir en un estado de putrefacción y, ulteriormente, desaparición.

La corrupción es totalmente anticeleste.  Cuando hablamos de lo celestial, hablamos de lo bien oliente, de un estado de salud total y de agradable circunstancia ambiental; cuando hablamos de lo terrenal o carnal, hablamos de aquello que es susceptible de alcanzar un estado desagradable, a tal magnitud, que por instinto lo repelemos y que a nivel de conciencia evitamos.  Así lo ve el gran apóstol Pablo:  “Pero esto digo, hermanos:  que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50).  Es decir, que la corrupción y, lo contrario, la incorrupción, se oponen entre sí, sin que jamás se puedan amalgamar, pues son conceptos antagónicos, tanto en su realidad física como en su realidad simbólica.  Digamos que hablar de incorrupción es hablar de vida, mientras que hablar de corrupción es hablar de muerte.  He ahí el porqué Cristo, como el Santo de Dios, no vio corrupción (Sal. 16:10).  La gran aseveración del Hijo de Dios fue:  “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…” (Jn. 14:6).  Por consiguiente, Aquel que es la vida no podía alcanzar corrupción, ya que la muerte no prevaleció contra Él.

Habemos hombres que fuimos preexistentes, que antes de encarnarnos habíamos obtenido una revestidura celeste en calidad de ángeles.  Cristo fue Miguel (Dios) y tomó forma de siervo (hombre), pero por ser impecable nunca Su cuerpo humano vio corrupción.  Sé, por lo que Cristo me ha dicho y me ha demostrado, que soy preexistente; y aun cuando mi cuerpo presente es susceptible de ver corrupción, no seré espectáculo al mundo en ese sentido, pues seré vindicado o retornado a una edad juvenil que evidencie una reversión de mi corrupción carnal.  Esa es la promesa del Señor para conmigo, difícil de creer, pero para Dios no es imposible, te lo advierto.  Para personas que somos preexistentes, es fácil el desdoblarse en la hora de la muerte, pero para los que no lo han sido, sino que son legítimos y verdaderamente hijos nacidos de la carne per se, esto no es posible.

Cuando mi hermano Jesús resucitó, fue porque se desdobló, y antes del tercer día se presentó a Sus discípulos nítidamente vestido con un ropaje que ya tenía de antemano y que, evidentemente, no pudo corromper la muerte; he ahí el porqué de Su nitidez.  La vida constituye un misterio que a medida que pasa el tiempo se va desenmarañando; y nosotros a la luz de las Escrituras podemos obtener grandes conceptos preliminares e inferentes para la clarificación parcial de estos misterios.  Por ejemplo, nos dice el gran apóstol de los gentiles en Primera de Corintios 15:  “Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales” (1 Co.15:40).  Es obvio, pues, que los cuerpos terrenales de los cuales estamos revestidos en la actualidad son corruptibles, mientras que los celestiales son incorruptibles; a eso se ha referido el apóstol en estos pasajes.  Por consiguiente, para un hombre heredar el reino de los cielos es necesario que sea revestido de un cuerpo celestial con que Dios dotará a los salvados en un futuro cercano.

Es, pues, menester, amigo lector, que comprendas el estado corrompido que todos los hombres, como consecuencia del pecado, poseemos inherentemente.  ¿Por qué, entonces, se empeña Roma en llamar reliquias a la osamenta y los elementos que integraron un cuerpo totalmente corrompido como el de Carlos M. Rodríguez (Charlie), e instar a una veneración y reconocimiento a través de sus desechos, que son evidencia del dominio que la muerte tuvo sobre él por ser pecador?  Obviamente, este dis que santo beatificado era rico en corrupción inherente, pues lamentablemente lo sobrecogió la enfermedad desde los trece años de edad, hasta su muerte a los cuarenta y cuatro años; treinta años de putrefacción creciente.  Imagínense, amigos lectores; tenía diarrea constante, colitis permanente y, consecuentemente, la fetidez continua debió acompañarlo.  Roma, no conforme con eso, ahora guarda parte de su cuerpo destrozado por la corrupción en calidad de “reliquia”.  ¿No es eso ridiculizar el concepto de la vida?  Si no es eso entronizar la corrupción y la muerte, ¿qué lo es? ¿Hasta dónde va a llegar el Clero romano en sus conceptos y desmadres?  Yo no puedo callar, pues esto ya raya en lo ridículo; son concepciones nauseabundas.  Dios no puede ser agradado por emblemas que se identifiquen con la putrefacción y la muerte, y que han redundado en un recuerdo de aquello (la muerte) que Él por medio de Su Hijo Jesucristo venció.  La alegría de Dios consiste en dar vida, y vida en abundancia (Jn. 10:10).  Cristo sacó a luz la vida y la inmortalidad (2 Ti.1:10), y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Mt. 22:32).  De manera que un santo beatificado presupone ser un vivo y no un muerto.  Es, pues, un contrasentido utilizar emblemas tan desagradables para hablar de la supuesta santidad vivencial que este (“el santo”) tuvo, pues la muerte lo sobrecoge por causa de la corrupción inherente y no por su santidad.  Santidad equivale a vida.  Cuando Cristo resucitó se dejó ver entre los hombres, pero ustedes, ¡qué ridiculez!, traen la comprobación de su ignominiosa muerte para recordar dis que al santo, ¡increíble, pero cierto!  Roma entroniza la muerte y, dis que en el nombre de Dios, ahora vienen y exhiben a su muerto Papa, Juan XXIII; también a don Juan se le aplica igualmente todo lo que aquí hemos comentado; no es un símbolo de vida, sino de muerte.  Entiende, amigo lector, que en este asunto se descubre a Roma estrechando su mano con la muerte y no con la vida.  Claro, así tiene que ser, si representa a Luzbel que es el señor de la muerte.

Dice la Sagrada Palabra que los que quieran vivir píamente en Cristo Jesús, recibirán persecución.  ¿Te has preguntado por qué?  Si no lo sabías, te lo voy a decir:  Porque no se dan la mano con el mundo, porque, precisamente, vivir píamente significa apartarse del mundo y sus injusticias.  Cuando se muere por Cristo se es un ejemplo de mártir, y se edifica el hombre de fe; pero cuando se muere por una enfermedad de treinta años, eso no es heroísmo, sino que, como hemos dicho, es consecuencia de la corrupción y el pecado.  Dios se propuso que el hombre viviese indefinidamente, pero el pecado trajo como consecuencia el acortamiento de la vida promedio de los seres humanos; veamos:  “Y dijo Jehová:  No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años” (Gn. 6:3).  Pero cuando se viven cuarenta y cuatro años, y treinta de ellos sin rumbo y sin puerto, lleno de inseguridades y de inconvenientes por causa de una enfermedad tan terrible como el cáncer (enfermedad que consideramos como parte de las plagas finales), llega el momento en que nos rebelamos; eso ocurrió con Charlie; su propio hermano declaró que en un momento dado dijo (Charlie) que Dios le había abandonado.

Lo que expresó Charlie fue, no un martirio por su cristianismo, sino un aborrecimiento por su vida.  Es como si hubiese dicho:  “Mi vida es una maldición”, porque como dijera su hermano, “era una llaga por fuera y sentía un intenso dolor en su interior”.  Fue Charlie la encarnación de lo que puede el hombre llegar por la corrupción heredada del pecado de Adán, y realmente aceptemos que como dice la Sagrada Palabra:  Tenemos ante nosotros la maldición y la bendición; la bendición cuando obedecemos, y la maldición cuando no lo hacemos.  Dice Deuteronomio capítulo 28, aludiendo a Israel, lo siguiente:  “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra” (Dt. 28:1); y a la luz de la desobediencia, los versículos sobre las maldiciones dicen así:  “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán […]  Jehová traerá sobre ti mortandad, hasta que te consuma de la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella.  Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo; y te perseguirán hasta que perezcas” (Dt. 28:15, 21-22).  Eso fue dicho a los israelitas, pero como es una cuestión de principio se nos aplica a todos, y lo que proyectó el beatificado fue una trágica maldición que está lejos de una sublime beatificación.  “Despiértate tú que duermes y te alumbrará Cristo”.  Son asuntos de causa y efecto.  Ningún hombre llamado por Dios ofrece al mundo un espectáculo tan trágicamente ignominioso.  ¿Cuál de los apóstoles murió así?  Ninguno.  Sufrieron el martirio y la violencia que les produjo el diablo, pero la ignominia y vergüenza de ser llagas podridas, nunca los sobrecogió.  Sin embargo, el perseguidor de Jesús, Herodes, sí murió ignominiosamente como declara la historia, de cáncer en los huesos; sus dolores y angustias constituyeron un espectáculo al mundo.

Quiero aprovechar este comentario para señalar aquí que el reverendo Juan Rodríguez Orengo, como todo buen católico, es un artífice de la retórica sofisticada y antibíblica.  En su pretensión de opacar la ignominiosa tragedia del dis que beato, Carlos Manuel Rodríguez, este artífice romano dice lo siguiente, y yo cito:  “Nuestro beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago nunca se quejaba de su enfermedad y menos del dolor causado por la misma.” (Tomado del semanario católico El Visitante, año XXVII núm.18, pág. 14.)  A ese respecto quiero decirle a este señor que la enfermedad nos somete queramos o no queramos, y que son miles y miles los que mueren en silencio, con una trágica enfermedad, no es nada excepcional en Carlos Manuel.  Que el hombre se habitúe al dolor no es otra cosa que la evidencia de que tenemos un aspecto animalezco de hábitos y costumbres propias del ser humano, pero jamás significa que se abraza al dolor con la seguridad de que lo vencerá, pues eventualmente y en términos generales la enfermedad nos somete al silencio.  Recuerda que el proceso de la muerte es lanzarnos hacia el silencio total o estado de inanimación.

El sufrir expresado en quejas duele tanto como el no expresado, pero no se es impasible ante el dolor como no lo fue Jesús en Su tormento, en el momento de Su crucifixión.  Confunde usted la “gimnasia con la magnesia”.  Le llevo a preguntarse:  ¿Qué alternativa tenía Carlos Manuel Rodríguez, si alguna?  Es evidente que no tenía ninguna otra alternativa que vivir con el dolor, pues este lo sobrecogió como parte de la maldición original que Dios otorgó al hombre por su desobediencia.  Sin embargo, sabe usted que muchos duermen o mueren con una sonrisa en los labios, demostrando que Dios los bendijo en esa hora.  Ese artículo que usted escribe hace del dolor una bendición.  Le digo que nadie quiere sufrir.  Nuestra naturaleza psíquica no es compatible con la enfermedad, el dolor y el sufrimiento, es antagónica a estos, para todo tenemos un mecanismo de defensa, entiéndalo, pues el hombre fue hecho para vivir y la muerte es un enemigo extraño para un hombre que quiere vivir.  La muerte es una sentencia, no es un mecanismo para alcanzar la felicidad como usted presupone.  Los ángeles nunca han sufrido dolor y son felices.  Usted cita a Job en su escrito como un símbolo de abnegación y tolerancia.  Debo recordarle que se equivoca usted, Dios permitió que a Job el diablo le probase la fe, y le advirtió al diablo para que no le quitara la vida; Job es un ejemplo de fe y, a la vez, del poder de Dios para restaurar.

Dios puede y restaura a aquel que bendice.  Le digo, además, que Cristo nunca estimuló en una base presente, sino que lo hizo mediante un futuro que ustedes se niegan a comentar, entiéndase por medio de una promesa de restauración total al fin de los tiempos.  Las verdaderas palabras de aliento son por el hecho de que Dios está comprometido a darnos vida y vida en abundancia, libre de dolores, para todo aquel que cree.  Cristo no estimuló solamente, sino que curó a los enfermos con curaciones relativas en torno a la vida temporal.  Usted, con sus palabras, crea en la mente del lector la idea de que todos estamos enfermos, y eso es cierto, pero sea balanceado, no todos constituimos escenas patéticas e ignominiosas ante la muerte.  Hablar de enfermedad es hablar de muerte, y este siglo está en esa perspectiva mortal, por eso la Escritura enseña que es “el siglo malo y de juicio”.  Sin embargo, todos debemos admitir que la relatividad punitiva que nos llega por medio de las enfermedades es también proporcionada a tenor con la intensidad del pecado.  Hemos señalado aquí el caso de Herodes.  Hay un viejo adagio que reza así:  “Se muere como se vive”, y se dice, además:  “Como hiciste, te será hecho”.  Es obvio, pues, que usted quiere utilizar la enfermedad de Carlos Manuel para de una manera atrozmente distorsionada decir que Dios purificó el alma de él (Carlos Manuel) por una ignominiosa muerte.  Es menester que entendamos que para heredar el cielo el hombre necesita ser transformado y ser colocado en una habitación corporal incorruptible y de carácter celeste.  Entiendan ustedes, también, que la única prueba de beatificación divina es como en el caso de Jesucristo, la aparición “post morten”.  Si un ser después de muerto aparece en luz, fue por Dios beatificado; pero, ¿cómo pretende usted que por el hecho de que proclame este viejo Papa que Carlos Manuel Rodríguez ha sido beatificado por Dios nos conformemos a las palabras de este hombre mortal (ubicado en la antesala de la muerte) y lo aceptemos?  Después de muerto, el Santo Hijo de Dios (entiéndase Jesús el Cristo) apareció a cientos de personas; y dice la Biblia que cuando Cristo resucitó muchos resucitaron con Él y aparecieron a otros; y Carlos Manuel, ¿dónde está que no se ve?  Ya Cristo me dijo que no estaba resucitado.  Dicho de otro modo, no está en el cielo.

Nota:

Pónganse de acuerdo, porque se contradicen usted y el hermano sacerdote de Carlos Manuel Rodríguez.  Este último, José Modesto Rodríguez, dijo que Carlos Manuel, por causa de su enfermedad, había sentido y había expresado el hecho de que Dios lo había abandonado, mientras que usted dice que nunca se quejó de su enfermedad.  Esas expresiones se oponen entre sí.  Y, por el contrario, Roma siempre se ha caracterizado porque dice que los que fallecen con muertes prácticamente tranquilas y hasta con una sonrisa en su semblante, constituyen evidencias de que se ha muerto en santidad.  Y yo me pregunto:  ¿En qué quedamos?, ¿es la buena muerte señal de beatitud o lo es la muerte trágica?  Determinen, porque son ustedes muy ambiguos.

Leyendo los sufrimientos de Charlie sentí una honda pena por él.  Sin embargo, mi compromiso es con Cristo y la verdad; eso no va a impedir que yo denuncie la pretensión romana de apropiarse de una autoridad inexistente para beatificar y canonizar.  A eso digo:  Sea anatema tal pretensión, sin que dejemos de sentir una alta compasión por este sufriente ser humano que se llamó Charlie Rodríguez.  Descanse en paz.

Dicho sea de paso, han presentado al público el cuerpo inanimado del difunto Papa Juan XXIII.  Les advierto que por más que lo preserven con inyecciones de formalina y libre de oxígeno, lo que están exhibiendo es un cuerpo momificado que, aunque prevalece en cohesión aparente, sigue siendo materia sin vida, a la que sobrecogió la muerte.  Ahora, si quieren demostrar un verdadero milagro presenten al Papa Juan XXIII predicando como hizo Dios con Jesús después de Este haber muerto.  Pero es evidente que con Juan XXIII han seguido el mismo patrón que con Charlie, entronizando la muerte, no la vida, porque hasta ahí no podrán llegar, no tienen ese poder.  A Juan XXIII le llaman el “Papa bueno”; podemos admitir el concepto de bueno en la relatividad humana, pero en términos radicales cuando a Cristo le llamaron:  “Maestro bueno” (Marcos 10:17), Él contestó:  “…Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” (Marcos 10:18), y eso incluye a Charlie y a todos.  En el concepto relativo de lo que es ser bueno, son millones los que el público a denominado como hombres buenos, de manera que no hay diferencia.  Finalizo diciendo, si se preguntan por qué los combato y por qué declaro estas cosas, les digo:  Simplemente porque mi Padre celestial, quien me visita, me lo ha ordenado, pues el conflicto ha llegado a su etapa culminativa.

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