El Evangelio y las Sanidades

En este presente siglo malo recibimos dones y bendiciones que son de carácter temporal.  Son regalos que no constituyen un fin en sí mismos.  Tienen como propósito viabilizar la comunicación del Evangelio, que constituye la primerísima prioridad de Dios y la de la iglesia verdadera.  Todo cuanto Dios nos da ha de ser juzgado a la luz de ese gran propósito divino, a saber: Comunicación del Evangelio Eterno para salvación.

Cristo dijo a la iglesia naciente:  “Id y predicad el evangelio”.  Fue esa la comisión básica y fundamental dada a la iglesia.  Para cumplir con esa responsabilidad, la iglesia fue bendecida al concedérsele una serie de virtudes, entre ellas el poder de sanidad.  Esos dones temporales han de ser distinguidos, pero nunca separados de las bendiciones ya alcanzadas en Cristo Jesús.  Es sumamente importante hacer esa distinción a los fines de obrar en armonía con las prioridades del cielo.  Ya hemos señalado claramente que la prioridad del cielo es que proclamemos el Evangelio.  Es necesario que comuniquemos, por medio de la predicación, las prioridades y bendiciones de lo absoluto, antes que lo concerniente a lo relativo de este siglo.

Lo absoluto, lo perfecto, lo objetivo y lo eterno lo utilizamos para señalar lo alcanzado por Cristo en el Evangelio.  Y con lo relativo, lo imperfecto, lo subjetivo o personal y lo temporal señalamos las bendiciones logradas en nosotros mismos.  Al agrupar en estas dos esferas las cosas, podremos entender que aquellas cosas llamadas por Pablo “de arriba” son propiamente las que pertenecen al Nuevo Siglo; mientras que las cosas “de abajo” señalan a las pertenecientes a este siglo malo.  Ello es así, independientemente del hecho de que todo (excepto el pecado) proviene de Dios.

La Escritura nos enseña que las cosas primeras, o de este siglo, son inferiores a las postreras o del siglo venidero.  Son, por consiguiente, figuras de la realidad venidera.  Mediante el presente podremos apreciar el futuro.  Veamos algunos ejemplos:

  1. El Adán primero vs. el Adán postrero (Ro. 5:14).
  2. Patria terrenal vs. Patria celestial (He. 11:13-16).
  3. Santuario terrenal vs. Santuario celestial (He. 9:24).
  4. Vida presente vs. Vida eterna (1 Co. 15:53).

El énfasis de la Iglesia verdadera ha de ser consistentemente consecuente con esas prioridades bíblicas antes expuestas.  Cualquier alteración a ese claro orden bíblico ha de ser rechazado por ser contrario a la Palabra, que es la expresa voluntad de Dios.

A la luz de lo anteriormente señalado, concluimos, pues, que el Evangelio representa para nosotros las más ricas bendiciones de las cuales hemos sido objeto; es el fin traído por Dios al presente para que nos gocemos con la expectativa de un mundo feliz más allá.  Es, además, el Evangelio, el más importante tema de la verdadera iglesia, en materia de predicación pública.  Cristo lo ordenó; Pablo, como fiel servidor del Maestro, cumplió con el mandato; veamos:

(19) “con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo.”
(Ro. 15:19).

 

También Pedro:

(36) “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

(37) Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:  Varones hermanos, ¿qué haremos?

(38) Pedro les dijo:  Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
(Hch. 2:36-38)

La Sanidad Divina:  Un Método Educativo e Ilustrativo

Comenzaremos este análisis partiendo de la siguiente aseveración:  Las sanidades temporales llevan como propósito:

A. Señalar a Cristo como único canal mediante el cual Dios nos otorga toda bendición.

B. Prefigurar e ilustrar la restauración de la cual habremos de ser objeto al fin de los tiempos.

C. Evidenciar la disposición y el poder de Dios para restaurarnos.

1) En Juan 11:28-44  se  nos narra la  resurrección  de  Lázaro de Betania.  Al considerar ese milagro notemos la declaración de Cristo en relación con Él mismo, y las circunstancias envueltas.  Jesús declaró al Padre:  “Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (versículo 42). Cristo determinó con esas palabras dos cosas:

(a) Que Él, Cristo, es el legítimo medio por el cual Dios obra restauración.

(b) Que Dios está siempre en disposición de bendecirnos.  Es evidente, además, que la vida temporal le fue restaurada a Lázaro por haber este creído y confiado en Jesús.  En Juan 3:16 se nos enseña que es el amor de Dios la causa de todas nuestras bendiciones.  Las sanidades constituyen un medio didáctico.  En el caso de Lázaro, se nos prefigura la resurrección de la cual seremos objeto los que, al igual que él, somos amigos de Jesús.

2) El paralítico de Betesda, presentado en Juan 5:1-8, nos ilustra la total incapacidad del hombre para alcanzar salvación:  “…no tengo quien me meta en el estanque…” —declaró.  Ya el Salvador le había preguntado:  “¿Quieres ser sano?”,hecho ese que demuestra que Dios no nos impone la salvación.  La fe es el acto de consentir por parte del creyente.  Este milagro nos enseña la salud total obrada por Cristo solo, sin merecimiento alguno de nuestra parte.

3) La narración del  milagro de la mujer con  flujo, que  aparece en Lucas 8:43-48 nos demuestra o ilustra que la salvación del creyente tiene como fundamento único la virtud que se halla en Cristo (versículo 46).  Porque como dice Pablo refiriéndose al Evangelio:  “…es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Ro. 1:16).  Nótese, además, cómo la fe de la mujer, objeto del milagro aludido, fue el medio o canal utilizado para que la sanidad (salvación) llegase hasta ella.  Por la fe, ella recibió el don de Cristo, que redundó en salud temporal prefigurativa.

4) En otro acto milagroso, Jesús sana a un paralítico (símbolo de la condición del hombre) que fue por otros hombres llevado ante el Señor.  ¿Puede alguno dudar que en esta narración se nos ilustra la obra de la Iglesia en el plan redentor?  Esta obra consiste, precisamente, en llevar a todos aquellos paralíticos espirituales (que somos los hombres) a confiar y descansar en los actos realizados por Jesús de Nazaret.  Nótese cómo en esta narración presentada en Lucas 5:17-26 se nos dice en el versículo 20 que:  “Al ver él [Cristo] la fe de ellos, le dijo:  Hombre, tus pecados te son perdonados.”  Sin lugar a dudas, la iglesia obra por la fe, llevando las almas a los pies de Jesús para que sean perdonados en virtud del Evangelio, que es Cristo colgado de la cruz.  Es así como la iglesia ata.

5) En Juan 9:1-12 se nos narra la historia del ciego de nacimiento, a quien Cristo abriera los ojos para que volviese a ver.  Te recuerdo, amigo lector, que todos somos ciegos espirituales, por nacimiento (Ro. 8:7).  Es a Cristo a quien corresponde abrirnos los ojos para que le podamos ver (Jn. 9:39).  De modo, pues, que cada vez que un hombre descubre que Cristo es el Señor, lo hace porque Cristo mismo, por su Espíritu, le ha abierto los ojos (véase Primera de Corintios 12:3).

6) En Lucas 6:6-10 se nos dice que el Señor restauró la mano de un hombre quien la tenía seca.  Es por todos conocido que una mano seca ha perdido capacidad y disminuido en su tamaño.  (Así como una pasa es más pequeña que una uva por haber perdido su contenido de agua, la mano seca se torna más delgada y pequeña que otra en estado normal.)  El Señor Jesús restauró a la normalidad la mano seca del hombre quien fue objeto de ese milagro.  La salvación, como ya hemos establecido, es la restauración de todas las cosas.  Los milagros de Cristo —siendo lo que eran, una prefiguración de lo que Él habrá de realizar al fin de los tiempos—, se caracterizaron porque constituyeron una restauraciones, pero nunca remiendos.

A modo de resumir lo que hasta aquí hemos señalado, enfatizamos que la característica básica de los milagros de Cristo, consistió en que aquello que se proponía sanar era objeto de una total restauración.  No existieron nunca los remiendos o componendas.  Su objetivo siempre fue el de evidenciar el gran propósito final de la resurrección y glorificación, o sea, apuntar hacia la salud total de la cual seremos objeto.  Si esos dos elementos no se hallan envueltos en los milagros del presente, no son propiamente milagros bíblicos y, por tanto, han de ser cuestionados.

7) Como una evidencia más de que lo que hemos propuesto es la verdad, citamos aquí los pasajes que Jesús leyó sobre Sí mismo del libro de Isaías:  “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18-19).  Esta escritura utiliza términos de milagros temporales, pero preeminentemente se refiere a lo absoluto y eterno.  Aquí se indica una sanidad total y eterna, lo cual implica una absoluta libertad.  El año agradable del Señor es el Nuevo Siglo que ya se inició en Cristo.  Dicho de otro modo, se parte de lo relativo y temporal para señalar y apuntar hacia aquello que es absoluto y eterno.  Es este el principio al que hemos venido aludiendo en este análisis.  Es un principio docente, donde los milagros constituyen el método.

Algo que también hemos de tomar en consideración es el hecho de que el Señor Jesús nunca pretendió ganar popularidad por Sus milagros.  Nunca fueron un medio propagandístico o publicitario para llamar la atención a las multitudes de incrédulos, quienes habrían de acudir por los “panes y los peces”.  Eran más bien la evidencia del amor y el poder de Dios para con el que cree.  Constituyeron un medio que no habría de ir más allá de lo necesario.  Cuando los fariseos pidieron evidencia a Cristo, por medio de milagros o señales, Cristo les dijo que la única evidencia que recibirían sería la de Su propia resurrección (véase Mateo 12:38-40).  Frecuentemente, Jesús pedía silencio con respecto a los milagros por Él realizados (Mt. 8:4;  Lc. 5:14).

Los Milagros No Constituyen la Mejor Evidencia de Nuestra Relación con Dios

La Escritura establece claramente que es el Evangelio (entiéndase, el conocimiento de la obra histórica y objetiva de Cristo) aquello que realmente distingue la iglesia verdadera y el ministerio legítimo.  Nótese lo que el ángel revelador declaró a Juan:  “…yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús…” (Ap. 19:10).  El testimonio de Jesús son Sus hechos o actos representativos, realizados en favor del género humano; que dicho de forma resumida o compacta, es el Evangelio.  A ese único y real Evangelio histórico es que también se refirió Pablo, cuando dijo:  “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gá. 1:8).  A la luz de esos pasajes (Apocalipsis 19:10 y Gálatas 1:8) queda indiscutiblemente establecido que es el Evangelio la señal por excelencia para distinguir lo legítimo de lo espurio o falso.

¿Y los milagros, constituyen una señal?  Dijo Jesús: “No todo el que me dice:  Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día:  Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé:  Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).  Es obvio que, de acuerdo con esta escritura, los milagros no son evidencia de legitimidad por sí mismos.  Nótese cómo, a pesar de Sus muchos “milagros” realizados, estas personas nunca estuvieron en relación con el Señor Jesús.  A ellos Cristo dirá:  “apartaos de mí”. No obstante, ellos hicieron las cosas “en el nombre del Señor”, como ellos mismos lo declararán “en aquel día” (versículo 22).

Nuestro hermano Juan, el revelador, también nos habla al respecto:  “También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres.  Y engaña a los moradores de la tierra con las señales…” (Ap. 13:13-14).  De modo, pues, que si nos fuésemos a dejar llevar por los “milagros o señales” que se realizan tan frecuentemente hoy día en el pentecostalismo, podríamos ser fácilmente engañados, tal y como lo declara la Inspiración.  Por eso es tan importante para nosotros seguir el consejo bíblico, para que probemos los espíritus si son de Dios o no son de Dios.  Juan nos exhorta para que así lo hagamos.  (Véase Primera de Juan 4:1-3 al respecto.)

Conclusión

El resumen de todo lo expuesto es el siguiente:  La Escritura nos habla de señales y milagros realizados por Jesús y los apóstoles.  Esos milagros o señales poseían unas peculiaridades o características propias, que hemos de considerar a los fines de no ser engañados por los falsos milagros.  La misma Palabra nos comunica que habrían de producirse falsos milagros con propósitos contrarios a los de Dios; aun cuando nos llegarían “en el nombre del Señor”.

Por la inspiración bíblica hemos descubierto la preeminencia del Evangelio, y la gran necesidad que tenemos de buscar las cosas de arriba (entiéndase el Nuevo Siglo).  Las cosas de arriba son completas y absolutas; mientras que las cosas de abajo (entiéndase de este siglo) son incompletas y relativas.  Así dispuesto todo, Dios nos ha prometido las “cosas de arriba”, tales como:  salud total, tierra y cielo nuevo, etc., para que sean realidades visibles en “aquel día”.

A cumplir con esa promesa es que Dios está comprometido con Su pueblo —los que creemos—.  Dios no se ha comprometido a realizar milagros o señales en este siglo malo cuantas veces lo pidamos.  Eso es no saber pedir (Stg. 4:3).  Eso sería consentir con la incredulidad (véase Mateo 12:38-39).  Es, además, catolicismo, porque es la entronización de este siglo, sustituyendo el anhelo de vivir en el reino de los cielos.  Es indudable que Dios, tal y como lo hizo ayer, realiza milagros hoy.  Pero Su prioridad no son los milagros o señales, sino la predicación del Evangelio.  Su mandato fue:  “Id y predicad el evangelio”. El espíritu de evangelismo no consiste en las continuas manifestaciones de poder, sino en el poder de la predicación para salvación eterna (Ap. 19:10).

Las sanidades temporales se realizan cuando las circunstancias que faciliten la edificación del cuerpo de Cristo así lo requieran.  Ayer fue un método docente, necesario; hoy constituyen un capricho contrario a la fe.  Se efectúan hoy al igual que ayer, sin publicidad alguna; silentemente.  La vida en este siglo malo tiene que continuar su agitado y natural curso.  Los creyentes descienden al sepulcro para allí aguardar el cumplimiento de la promesa (en términos subjetivos, pues objetivamente ya se cumplió en Cristo), a saber:  salud total y vida eterna.

El continuo clamor por las evidencias temporales es, en realidad, la consecuencia de poseer un corazón lleno de incredulidad.  Necesitan ver para creer, mientras que la Palabra nos exhorta diciendo:  “cree y verás la gloria de Dios” o el Nuevo Siglo.  “Porque por fe andamos, no por vista”, como declaró Pablo en Segunda de Corintios 5:7.

Hemos establecido, además, que los milagros genuinamente bíblicos se caracterizan porque son sanidades completas y no a medias.  Son restauraciones totales (aunque de lo temporal) y no remiendos o componendas.  Así como el corderito que prefiguraba a Cristo debía ser perfecto, por lo que representaba; así también las sanidades temporales son perfectas en su esfera, por causa de la perfecta obra redentora que prefiguran.  De modo, pues, que su característica más notable es su calidad de restauración.

Concluimos, también, que los milagros o señales no constituyen por sí mismos una evidencia de nuestra relación con Dios, ya que el poder contrario a Dios también realiza señales o milagros engañosos.  Tan sólo aquellos milagros restauradores y prefigurativos de la salud total que el Evangelio implica, han de ser considerados como bíblicos y provenientes de nuestro Padre celestial.

A la luz de estas realidades aquí expuestas nos vemos impelidos a denunciar las presentes, frecuentes y tumultuosas manifestaciones de continuo clamor por la sanidad temporal como antibíblicas y contrarias a la Palabra.  Dios no platifica dientes y muelas.  De haber sido el Señor el originador de esos supuestos milagros, habría dado un diente o una muela nueva como señal de restauración.  El Señor no realiza ese tipo de componendas.  Esos remedios se los deja a los dentistas.

¿Que por qué estoy tan seguro?  Porque en estas grandes reuniones de supuesta sanidad divina no se alcanza el claro propósito de Dios de comunicar las buenas nuevas del Evangelio.  Tan sólo se consigue entronizar el ego humano, tanto del instrumento, como del supuesto creyente.  No existe el mínimo propósito cristiano-educativo que caracterizaba los milagros bíblicos.  Por tanto, sean anatematizados y tenidos por ilegítimos.  Anhelemos con Pablo la manifestación de los hijos de Dios; esto es, la llegada del Nuevo Siglo.  Para ello es necesario, hermano lector, que hayas entendido el orden de prioridades que claramente establece la Escritura y estés persuadido de la característica básica de las sanidades bíblicas, y del sano y único propósito para el cual fueron realizados.

Sinteticemos

1) En síntesis, debes distinguir lo que es legítimamente divino por el Evangelio objetivo y representativo de Cristo, y no por la obra que el Espíritu realiza en el hombre que supuestamente ha creído (recuerda lo dicho por Jesús en Mateo 7:22-23).  Si lo que se está manifestando trae como propósito dejar la gloria en Cristo, por el Evangelio; y coloca al hombre en el lugar que a este le corresponde (de total incapacidad y vileza), entonces acéptalo porque está en favor de Dios y de Su propósito primario.  Si por el contrario, aquello que se está manifestando redunda en la colocación de méritos en el hombre y dirige la atención hacia el Espíritu, se está pervirtiendo el propósito primario de Dios “de reunir todas las cosas en Cristo”;que es también el propósito del Espíritu de verdad (Jn. 16:13-14).  Por consiguiente, el tal espíritu no es el Espíritu de Dios, y lo que se está manifestando es ilegítimo.  La sanidad legítima tiene como propósito dirigir nuestra atención al Cristo de la historia, y no a la obra que realiza el Espíritu en tu corazón.  En armonía con esta aseveración dijo Jesús:  “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Jn. 12:32).

2) Observa bien las sanidades mismas y evalúalas.  Han de ser restauraciones completas y no a medias.  Recuerda que prefiguran una sanidad absoluta y perfecta, obtenida en Cristo.  Por lo tanto, han de ser idóneas para los fines propuestos.  Luego entonces, han de manifestar la calidad de restauración total, propia de las sanidades que de Dios provienen.  Si esa característica no se halla presente, ten la tal sanidad por ilegítima.  Recházala con plena seguridad, pues no es de Dios.

3) Recuerda que lo postrero está muy por encima de lo presente.  Lo presente es relativo e imperfecto, mientras que lo postrero es absoluto y perfecto.  Dijo el Señor Jesús:  “Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt 5:30).  Nota cómo no hemos de enfatizar en lo temporal y sí en lo eterno: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mt.10:39). De modo, pues, que el correcto énfasis es en el Evangelio Eterno y no en las sanidades temporales.

4) El compromiso de Dios está determinado para ser cumplido en el día postrero.  Pablo lo llama “aquel día” en su segunda carta a Timoteo capítulo 4, versículo 8.  Es, pues, menester entender que es imposible pretender detener el curso de los acontecimientos por medio de continuos clamores para que nos sea restaurada la salud temporal, cuando eventualmente si retenemos la Palabra (entiéndase el Evangelio) obtendremos en nosotros la salud total o vida eterna.  La era del primer Adán no ha concluido (véase Primera de Corintios 15:49), por tanto, el proceso hacia la muerte debe proseguir hasta que proclamemos:  “…Sorbida es la muerte en victoria” (1 Co. 15:54).

5) La vida misma es un continuo milagro.  Dice la Inspiración:  “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos…” (Hch. 17:28), y:  “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones…” (1 P. 3:12).  Cuando la obra del Señor así lo requiera, el Señor restaurará la salud de aquellos que con una súplica de fe silente lo demanden para beneficio de ellos y del Evangelio mismo.  Dios preservó la vida a Pablo por causa de la obra (Filipenses 1:25); y así lo hace diariamente con otros que debemos prevalecer.  Lo hace sin necesidad de publicidad ni de reuniones tumultuosas y estridentes, donde lo menos que se hace es proclamar el Evangelio.

Quiera Dios bendecirte y permitirte discernir estas verdades bíblicas aquí presentadas.  Lo vas a necesitar, pues “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).