¡Cuidado, Sé Realista, no te Engañes con Elena G. de White!

SERIE:  Denunciando los Verdaderos Detractores de la Sociedad Vía Religiosidad  Parte XXIAnálisis del Adventismo del Séptimo Día  Parte VIII

El verdadero profeta proyecta a Cristo en sus dichos y en sus hechos; y lo que de Elena White se percibe es un demonio encarnado, pues poseía un carácter grandilocuentemente exigente y lleno de muchos requerimientos maldosos o de mala fe, cosa que se manifiesta a través de todos sus escritos.  Su fea e impiadosa proyección física era una de carácter negativa, que la visión humana relaciona con las cosas de abajo, pero jamás con las cosas de arriba. Su retórica es evidentemente un estereotipo, carente de una esencia analítica que nos permita adquirir de ella las enseñanzas fundamentales que Cristo quiere traernos por su Palabra.  Y la generalidad de sus enseñanzas constituye, en más de un 95 por ciento, un cúmulo de requerimientos para el creyente, que redundan en un catolicismo rampante de “haz y vivirás”.

Es esto un asunto muy serio que el común del pueblo Adventista debe considerar, pues lo que está en juego es la mismísima vida eterna.  A la luz de la Escritura, con sencillas palabras, quiero presentar las evidencias de que no era realmente una profetisa legítima.  Para vuestra salud eterna es mejor que evalúen ustedes con detenimiento y objetivamente estos señalamientos —que puedo jurar solemnemente que son provenientes de Dios— para que queden libres de ese engaño escatológico que presenta Satanás bajo el nombre de Adventismo del Séptimo Día, a quienes denuncio con todo fervor, disposición y entusiasmo, porque sé que es Dios, en su misericordia por ustedes, quien me ha enviado.

He aquí las grandes pruebas:

  1. Te he señalado que su proyección (la de Elena White) contrastaba con la de Jesús, los ángeles y el cielo en general.  Era obvia su ausencia de ternura, tanto en el aspecto físico como el aspecto emocional.  Los hombres que somos dirigidos por el espíritu tenemos rostros despejados, porque como ustedes mismos reconocen, “lo que hay en el interior se proyecta en el exterior”.
  2. Desconocía totalmente el Evangelio; y su predicación es de un contenido totalmente católico, pues evidencia notablemente una continua exigencia para que “hagas y vivas”, igualito que el Concilio de Trento.  (Recomendamos a los lectores el libro de Bartholomew Brewer:  Peregrinaje desde Roma.)
  3. Incapacidad analítica – Su capacidad analítica era inexistente, y sus escritos evidencian una total ausencia del elemento interpretativo que caracteriza a todo legítimo profeta, es obvio que denotan falta de profundidad exegética e incapacidad para percibir la entrelínea; y los mismos evidencian, además, que carecen de interpretaciones amplias, claras y precisas.

Por estas tres grandes razones podemos declararla como una falsa profetisa.  No obstante eso, vamos a traer prueba fehaciente de que es así, y para ello vamos a enfatizar en la segunda de estas razones ya expuestas que, a nuestro juicio, es la más importante, a saber:  Desconocía totalmente el Evangelio.

No somos nosotros, sino la historia misma de su ministerio quien así lo declara.  La organización Adventista del Séptimo Día, producto del chasco del 1844, constituye una institución que en gran medida fue fundada por Elena G. de White.  En sus anales registra una conferencia celebrada en Minneapolis para el 1888, en la cual dos pastores, conocidos como:  E. J. Waggoner y A. T. Jones, presentaron con mucho entusiasmo un relativamente correcto concepto de la doctrina de la justicia que es por la fe; doctrina esta que redescubriera Marín Lutero para el siglo XVI, cuando este se constituyó en el gran reformador y “Emancipador de la Conciencia”, como más tarde fue conocido.  Durante dicha conferencia, la Sra. White, quien les escuchaba, reclamó haber venido predicando esa enseñanza durante los últimos 45 años, veámoslo:

“Se me ha preguntado cuál es mi parecer acerca de la luz que esos dos hombres [A. T. Jones y E. J. Waggoner] están presentando.  Bien, yo misma os la he estado presentando durante los 45 años pasados:  los incomparables encantos de Cristo.  Esto es lo que he estado tratando de presentaros.  Cuando el hermano Waggoner expuso estas ideas en Minneapolis, eso constituyó la primera enseñanza clara acerca del tema que yo haya oído de labios humanos, exceptuando la conversación intercambiada entre mi esposo y yo.” (Tomado del libro:  El Zarandeo del Adventismo de Geoffrey J. Paxton, pág. 51, quien, a su vez, tomó este comentario del libro de Norval F. Pease: “Solamente por fe”, págs. 98-99.)

¡Mentira de mentiras!, la Sra. White nunca predicó el Evangelio, ni en años anteriores ni tampoco en años posteriores a Waggoner y Jones, a pesar de que se unió a estos durante los 3 o 4 años próximos.  Es evidente que la Sra. White, como decimos comúnmente, “tomó pon” con Waggoner y Jones en este asunto, pues este servidor de ustedes ha tratado de encontrar citas de ella de libros escritos antes del 1888, donde haya un destello de luz evangélica (justicia por la fe), habiendo hallado simplemente muchas aseveraciones católicas, pues Elena G. de White siempre fue una gran predicadora de catolicismo.

Pregúntate:  ¿Cómo es posible que siendo la señora White la mensajera de Dios, como se proclamó, haya tenido nuestro Señor que valerse de Waggoner y Jones para llevar una enseñanza tan fundamental a todo legítimo profeta?  Note el señalamiento del apóstol, dándome la razón: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Romanos 1:1).  Observe el amigo lector el enfático hecho de que el apóstol fue llamado para predicar el Evangelio de Dios, no para predicar catolicismo ni para anunciar doctrinas aparte de esa fundamental enseñanza.  La Sra. Elena G. de White no pasa la prueba bíblica en calidad de profetisa ni de mensajera ni de nada.  Fueron grandísimos sus errores teológicos, por no decir horrores.  Veamos algunos ejemplos:

En 1854 el destacado miembro de la Iglesia Adventista, J. H. Waggoner, aseveró que el término la ley en Gálatas, era una alusión directa a la ley moral; la Sra. Elena G. de White intervino en el asunto señalando que era una alusión a la ley ceremonial, para 30 años más tarde, en la conferencia de Minneapolis, aseverar que dicha alusión por parte del apóstol Pablo cubría a ambas:  la ley moral y ceremonial.  (Mensajes Selectos tomo 1, pág. 274.)  Eso la coloca en una difícil posición de ambivalencia y desconocimiento, y la descarta como una legítima profetisa.

Segunda evidencia:  La señora White creyó y predicó la teoría de la doctrina en torno a la Puerta Cerrada; teoría esta que fue más tarde hallada como un gran equívoco.  Cuando se le señaló su gran equívoco dijo que esa doctrina la sostuvo mientras aún no era profetisa.  Más tarde, se encontró una cita donde ella sostenía que sí había recibido dicha doctrina en visión, junto a una conocida hermana de la Iglesia Adventista, llamada “sister Durben”; helo aquí:

“Estando aquí en Exeter, Maine, en una reunión con Israel Dammon, James y muchos otros, muchos de ellos no creían en la puerta cerrada.  Yo sufría mucho al comienzo de la reunión.  La incredulidad parecía estar en todos ellos.  Estaba junto a nosotros una hermana reconocida como muy espiritual.  Ella viajaba y estaba considerada como una poderosa predicadora la mayoría del tiempo, durante 20 años.  Había sido realmente una ‘madre en Israel’.

Pero había surgido una división en torno a la doctrina de la puerta cerrada.  Ella [Sister Durben], era muy bien aceptada entre el pueblo, y no creía en la puerta cerrada.  (Yo no sabía nada de la diferencia de criterios entre las partes.)  Sister Durben se levantó a hablar.  Yo me sentí muy, muy  triste.

Finalmente, sentí mi alma agonizante y mientras ella hablaba caí de mi silla al piso.  Fue entonces que tuve una visión de Jesús levantándose de su trono de intercesión y pasando al Lugar Santísimo para recibir su reinado.  Todos estaban profundamente interesados en la visión.  Todos proclamaron que era algo totalmente nuevo para ellos.  El Señor trabajó con gran poder para establecer la verdad en sus corazones.

La hermana Durben conocía lo que era el poder de Dios, pues ella lo había experimentado varias veces; un poco después que yo caí, ella fue también arrojada al piso llorando y pidiéndole a Dios que tuviera misericordia de ella.  Cuando salí de la visión mis oídos recibieron el sonido y cántico en alta voz de la hermana Durben.  La mayoría recibió la visión y se estableció en la doctrina de la puerta cerrada.” (Tomado del libro:  Judged by the Gospel de Robert D. Brinsmead, pág. 133.  Traducido al español por Luis J. Laborde.)

La señora White demostró mucha volubilidad en torno a la doctrina de la puerta cerrada:  Primero dijo que se le había dado antes de ser profetisa, y después, como un lenitivo a sus errores, aceptó que sí la había visto en visión.  ¿Qué Dios la inspiraba, que la llevaba a cometer errores y a tener que rectificar?  Nunca he conocido de un legítimo profeta o apóstol, que hablara en términos equivocados para posteriormente tener que enmendar sus aseveraciones antes hechas.

Una de las enseñanzas que con más fuerza y vehemencia nos es presentada a la luz de la Palabra Escrita, es el hecho de que a Dios nadie le ha visto jamás.  Mas por causa de la Sra. Elena G. de White, el adventismo enseña la atrocidad de que el Padre, como persona, al igual que Jesús, tiene también una forma corporal.  Siendo que somos seres razonables, somos hijos de la lógica, y por consiguiente, es innegable el hecho de que las formas limitan.  Y es, además, un hecho sumamente razonable y lógico que el Padre se formalizó en Cristo, pero nunca aparte de Este.  Eso es evidente ante la realidad de que Jesús proclamó a Felipe que el Padre y Él uno son.  Es decir, que ver a Cristo es ver a Dios, pero nunca aparte de Cristo veremos a Dios, ni envuelto en luz ni en ninguna otra cosa, y menos envuelto en un cuerpo distinto al de Miguel o Cristo.

Es clara la Palabra cuando dice que Cristo es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15), asunto que es confirmado en Hebreos 1:1-3, donde leemos:  “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” Esto es el equivalente de decir que es en Cristo donde el Dios Trascendente se formaliza y adquiere configuración.  Es evidente que Dios, el Invisible, Ilimitado, Creador de cuanto existe, se ubicó en el cuerpo del Arcángel Miguel o, lo que es igual, en el cuerpo de Jesús el Cristo, por lo cual constituye una gran herejía decir, que Dios obtuvo un cuerpo aparte de Cristo.  La expresión: “se sentó a la diestra de la Majestad” debe entenderse como una expresión figurativa para connotar la relación entre el Dios Trascendente y su Hijo, Jesús el Cristo, quien constituyó el tabernáculo exclusivo de Dios.  El Padre y el Hijo son inseparables.  Consideremos estos versículos:

(8) “Felipe le dijo:  Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.

(9) Jesús le dijo:  ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?  El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú:  Muéstranos al Padre?

(10) ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?  Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”  (Juan 14:8-10)

¿Ven ustedes qué claro es el hecho de que son inseparables?  Se funden en uno.  ¿Cómo, pues, es posible que una dis que mensajera del Señor, comente una barbarie como la que ella comenta en Primeros Escritos, página 54, cuando dijo: “Pregunté a Jesús si su Padre tenía forma como él.  Dijo que la tenía, pero que yo no podía contemplarla, porque, dijo:  ‘Si llegases a contemplar la gloria de su persona, dejarías de existir.’  Delante del trono vi al pueblo adventista-la iglesia y el mundo.” Nótese qué clase de herejía, no solamente en torno a la persona del Padre —donde hace la deformación más grande que jamás se ha escuchado—, sino que también dice que ve al pueblo adventista en el sentido corporativo (como si fuera la Iglesia); cuando la Iglesia que va a ser levantada, la Escritura claramente dice que es el Israel universal, compuesto por judíos y gentiles; veamos Romanos 11:25-26 al respecto:

(25) “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos:  que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles;
(26) y luego todo Israel será salvo…”

¡Qué atrevimiento el de esta señora, pretender que los adventistas sustituyeron a Israel como organización!  La única organización que Cristo ha construido y formalizado en la historia se denomina Israel.  Y es con este nombre que será levantada la Iglesia, como te hemos indubitablemente probado.  Por eso la Iglesia Adventista constituye una de las denominaciones más soberbias que han existido.

No hay lugar a dudas, Elena White es una hereje con pretensiones de profetisa, una mujer que jamás conoció ni predicó el Evangelio, y que en realidad constituye una representante de Luzbel, utilizada a los fines de canalizar este engaño escatológico que es el Adventismo del Séptimo Día.  Estás advertido por Dios; sal corriendo de esa pretenciosa y herética institución, porque de no hacerlo, te perderás como se han perdido ya tantos fundadores de esa organización que no es otra cosa que una fábrica de forjar herejes negadores del Evangelio.